Las primeras ediciones de El Gaucho Martín Fierro no fueron
ilustradas. Sin embargo las correcciones a la obra que hizo Hernández
antes de su muerte y que alcanzaron hasta la duodécima
edición, revelan el interés del poeta en ir mejorando
su producto. Como afirma Rivera, Hernández estaba interesado
en la difusión del poema y eligió estratégias
de promoción y circulación para aumentar la difusión
de la obra. El tipo de soporte elegido por el autor fue el folleto
porque así se editaba la literatura que consumía
el segmento al que apuntaba que eran los humildes hombres de campo.
Ver el trabajo completo (formato pdf) >>
Políticas Curatoriales en Museos, Instituciones
Públicas y Privadas
Curaduría
y Nuevas Tecnologías Hoy, por Lic. Rodrigo Alonso, Docente,
Crítico de arte e investigador especializado en nuevos
medios. >>
Conflictos
y Estrategias en el Desarrollo de un Programa de Exhibiciones,
por María Marta Reca, coordinadora de la Unidad de Exhibición
del Museo de La Plata (U.N.L.P.) >>
El
Catálogo como espacio de Poder Curatorial, por Natalia
Silberleib, Maestría en Administración Cultural,
Docente de la UBA. >>
Políticas
de la in-diferencia: el concepto de la exposición internacional
en la era globalizada, por Lic. Valeria González, Curadora,
investigadora y docente de la UBA >>
ARTE CONCRETO ARGENTINO – LOS MATERIALES 2007
Descargar entrevista con Alejandro puente (edición 2007) >>
Descargar entrevista con César paternosto (edición 2007) >>
Introducción
El presente trabajo, pretende reunir datos acerca de materiales
utilizados y técnicas de ejecución, de los artistas
plásticos que formaron parte del movimiento comúnmente
designado como “ARTE CONCRETO”, en nuestro Río
de la Plata, cuya gestación se dio, promediando la década
del cuarenta.
Si bien, el período fue muy rico, también resultó
compleja su estructura y su fragmentación, primero en dos
grupos fundamentales: “Arte Concreto Invención”
y “Madí”, y luego en alejamientos personales
en búsqueda de una relectura propia de ese lenguaje, aunque
conviene aclarar, que gran parte de materiales y técnicas
fue un punto de coincidencia para todos sus miembros, por lo menos
en los comienzos del movimiento y es a hacia donde se proyecta
el trabajo, la “materialidad de la obra de arte”.
Los artistas entrevistados fueron: Raúl Lozza, Martín
Blaszko, Juan Melé, Manuel Espinosa y Alberto Molemberg.
Las charlas se llevaron a cabo en los propios lugares de trabajo
de los artistas.
El material procura ser de utilidad
para conservadores de arte contemporáneo o conservadores
y restauradores de pintura de caballete tradicional, que se vean
enfrentados a una obra de éste período, y aspira
a que, aparte de las problemáticas de deterioro en sí
de las piezas, se llegue a comprender la importancia de la propuesta
estética de éstos artistas, a la hora de encarar
la intervención de una pieza de este período. Si
bien, éste último requisito vale para toda intervención,
en el caso del arte contemporáneo, más que en ningún
otro, se impone como punto ineludible de partida.
También resultan de suma importancia, las especulaciones
y el pensamiento del artista, respecto de las técnicas
y procedimientos de conservación y restauración,
de uso generalizado hoy día, desde las técnicas
tradicionales de conservación-restauración, las
más “ilusionistas” o “miméticas”
hasta las actitudes más “puristas”, así
como también llamadas “intervenciones indirectas”,
las cuales apuntan a temas de presentación de las piezas
en exhibición y el control ambiental del entorno, tales
como vitrinas climáticas, iluminación, montaje y
manipuleo.
Ver
el trabajo completo>>
Pino Monkes
Conservador – Restaurador
Museo de Arte Moderno – Buenos Aires
La sociedad guaraní se forjó
como un modelo cultural de adaptación a las tierras bajas
Tropicales y subtropicales, denominado de agricultura itinerante
o sedentarismo semipermanente, que los llevó a desarrollar
grandes procesos migratorios a lo largo de
las cuencas fluviales del Paraguay, Paraná, Uruguay y Plata.
Estos movimientos migratorios se iniciaron a principios de la
Era, desde la región del Paranapanema en Brasil, con dirección
Sur hacia la cuenca del Plata donde se encuentran establecidos
hacia el siglo XV, y por los estados de Sao Paulo y Río
Grande do Sul hasta la costa atlántica. Hacia el siglo
VII quedó plasmado un modo de ser guaraní en sus
aspectos fundamentales, alcanzando su período de auge expansivo
hacia el siglo IX d.C.
En Misiones predomina el clima subtropical
sin estación seca, ni vientos del norte. La franja ribereña,
que delimita a la provincia, presenta mayor humedad y menor cantidad
de heladas anuales, lo que ha gravitado mucho en la selección
de los sitios de asentamiento indígena. La franja costera
del río Uruguay se caracteriza por una formación
mesetaria muy disectada por los surcos fluviales afluentes, originando
un paisaje maduro de lomadas redondeadas entre los que se destacan
el Cerro Monje (271m s/n/m) y Cumandaí (225m s/n/m) ubicados
ambos en el Dpto. San Javier. La franja del Paraná presenta
un clima más moderado.
En la provincia predominan los suelos lateríticos, de intenso
color rojo, cuyas variaciones influyen en el desarrollo de las
comunidades vegetales naturales. Por ejemplo, hacia el sur de
la provincia predominan los suelos arenosos, aluvionales y menos
fértiles, que originan un paisaje de pastizales. La selva
misionera cubre todo el norte de la provincia y su límite
sur pasa actualmente por Santa Ana, Oberá y Puerto Panambí.
Desde esta localidad hasta San Javier se extiende una franja de
transición caracterizada por pastos duros y semiduros en
los bajos y una selva en galería que bordea los ríos
afluentes y la costa.
Los sitios arqueológicos de la tradición tupiguaraní corresponden a ocupaciones semisedentarias con economía agrícola de maíz, recolección de moluscos, pesca y caza. Los sitios se localizan, por lo general, sobre las lomadas costeras y en las laderas de los cerros. Existen variantes en cuanto a la intensidad de las distintas actividades económicas, lo que estaría relacionado con la distancia de los sitios al río.
Las aldeas estaban constituidas, como mínimo,
por unas diez unidades habitacionales de diez a doce metros de
diámetro. La extensión total de las mismas alcanzó
aproximadamente unos cien metros cuadrados. Los restos alimenticios
encontrados son claramente indicativos de una economía
basada en la agricultura, caza, pesca y recolección de
moluscos. Se han encontrado pesas de redes hechas en arcilla y
hay presencia en los deshechos alimenticios de distintas variedades
de peces. Los restos vegetales indican el cultivo de maíz.
Hay mamíferos terrestres como la mazama (ciervos), el pecarí,
el agutí, etc.
De acuerdo a los porcentajes analizados,
predomina la dieta basada en recolección de moluscos fluviales,
especialmente en los sitios cercanos a los ríos. Las casas
eran rectangulares de madera con divisiones interiores y techo
de paja, en ellas vivían más de una familia y tenían
fogones comunales.
De acuerdo a las crónicas de la época de contacto, existía una división sexual de actividades, las mujeres se dedicaban a labores agrícolas como el carpido de la tierra y la cosecha, los hombres, en cambio, araban, sembraban y realizaban la roza y quema del bosque. Estos grupos usaban arco y flecha, y realizaban prácticas rituales como la antropofagia.
Una característica notable de los sitios de ocupación arqueológicos es la abundancia del material cerámico, en algunas habitaciones se han llegado a recuperar hasta 6.000 fragmentos de vasijas de formas variadas, pintadas o corrugadas.
Las evidencias arqueológicas indican que en época histórica los movimientos migratorios fueron una de las características de estos grupos que se movieron en un amplio espacio geográfico hasta territorios muy distantes, como el pie de los andes peruanos. Los investigadores han señalado que estas migraciones estuvieron ligadas a las características de la sociedad y la capacidad de sustentación del medio ambiente, por lo cual estos movimientos se produjeron por crecimiento demográfico, disputas por liderazgo y, también, por motivos religiosos, como lo fue el llamado mesianismo guaraní en busca de la tierra sin mal. La necesidad de buscar una buena tierra que garantizara la agricultura que proporcionara la divina abundancia (Schmidel).
Con la llegada de los españoles a la región la antigua sociedad guaraní se desintegra. El Ñande Reko, o modo de ser tradicional, es reemplazado por el teko piahu, el nuevo modo de ser guaraní que surge de la integración guaraní a la sociedad colonial misionera. Según las crónicas, los caciques guaraníes mostraron recelo de las transformaciones que estaban ocurriendo (Necker Louis, 1990) ya que en la estructura social se rompe con el parentesco o cuñadazgo como forma de alianza social entre caciques.
El trabajo de evangelización realizado sistemáticamente en Paraguay por los franciscanos hasta fines del siglo XVI (1580), y continuado por los jesuitas desde principios del siglo XVII, fue una respuesta a la situación de contacto. En este momento la dominación se define como “conquista espiritual” y, como tal, modificó la cultura guaraní en su esencia, produciendo una nueva morfología social, cambiando las reglas de parentesco, modificando la estructura espacial de las aldeas y eliminando las antiguas formas religiosas tribales. La negación de la religiosidad funeraria trajo, como consecuencia, la pérdida rápida de la tradición decorativa cerámica con la desaparición paulatina de la pintura policroma y los diseños complejos. Durante la etapa española las formas más frecuentes de decoración fueron el corrugado más pequeño, el escobado y el baño de pintura roja.
Ruiz de Montoya (1634) definió a las reducciones
en los siguientes términos: Llamamos a reducciones los
pueblos o poblados de indios que, viviendo a su antigua usanza,
en selvas, sierras y valles, junto a arroyos escondidos, en tres,
cuatro o seis casas apenas, separados unos de otros por cuestión
de leguas, dos, tres o más, fueron reducidos por los padres
a poblaciones no tan pequeñas y a la vida política
y humana beneficiando el algodón con que se visten, porque
en general vivían en la desnudez.
Dra. Antonia Rizzo
Dra. María Carlota Sempé
Docentes e investigadoras UNLP - UNLP
Hablar de colores en los Andes es hablar
de una historia olvidada. Una historia en la que el color, ya
sea en su dimensión material o en su dimensión cromática,
hilvanó antiguas formas de socialización y construyó
un universo simbólico sobre el que se asentaron las prácticas
de quienes habitaron el extenso territorio del Virreinato del
Perú durante los siglos XVII y XVIII.
Esta muestra pretende exhibir las variadas maneras, usos y funciones
que los polvos de colores asumieron tanto en la producción
artística, como en tantas otras prácticas culturales
en las que estos mismos polvos exhibieron una simbólica
distinta –pero no menos importante – para los habitantes
de la región andina, fueran indígenas, españoles,
mestizos, esclavos, o criollos.
Mediante un trabajo interdisciplinario y una metodología
anclada en la historia cultural, “Colores en los Andes”
se presenta como el producto de una investigación científica
que reunió a la historia del arte con la química,
en tanto campos disciplinares capaces de complementarse y enriquecerse
mutuamente.
Los colores, entonces, son los protagonistas
de este relato. Su presencia en las obras expuestas nos permite
trazar un extenso mapa de prácticas que los involucraron.
En las escudillas de los pintores, en los manuales de pintura
y libros de secretos, en las listas de mercadería que llegaban
de ultramar, en los morteros de los boticarios, o como ofrendas
en el espacio de lo sagrado, ellos son la llave de entrada para
sumergirnos en una historia que conjugó creatividad, experimentación,
memoria y poder.
LA MATERIA COMO DOCUMENTO
Los pintores que circularon por la región andina durante
el período colonial fueron los creadores del conjunto de
imágenes que acompañó los procesos de conquista
y evangelización, aplicando diferentes recursos técnicos,
compositivos, estéticos y estilísticos.
Pinturas, grabados, documentos escritos y visuales, nos ofrecen
distintas entradas hacia la comprensión del proceso creativo.
El estudio de la materia nos permite abordar las obras desde otro
lugar.
La obtención de una minúscula e imperceptible muestra
de materia pictórica puede ofrecer numerosos datos, desde
la identificación de los materiales utilizados –
pigmentos, colorantes, ligantes, resinas, aceites y barnices –,
hasta la manera en que aparecen dispuestos en diferentes capas,
sus mezclas, o morfología. A su vez, estos datos materiales,
procesados a la luz de las ciencias químicas, aumentan
su carga de sentidos cuando, a partir de una historia cultural
del arte, los pensamos como indicios de prácticas pasadas,
cuando les otorgamos el lugar de documentos que nos permiten rastrear
aquellas huellas o pistas de ejercicios y elecciones que ocurrieron
en el espacio del taller.
¿Qué conocimientos son
los que entonces podríamos obtener a partir de esta nueva
mirada histórico cultural sobre la materia, que nos anima
a acercarla al quehacer de los arqueólogos?
Una identificación más precisa
acerca de los colores utilizados en los talleres andinos, junto
con la terminología con que se los nombraba, fuera indígena
o española.
Por lo tanto, esta mirada microscópica e
indicial sobre los colores permite algo más que conclusiones
técnicas. Ella parte de lo material para avanzar sobre
las costumbres, ideas y concepciones de quienes manipularon estas
sustancias, insertando a estas pinturas en nuevos relatos y nuevas
interpretaciones. Es por ello que hemos organizado el guión
alrededor de tres ejes temáticos – Hacer, Saber y
Poder – que permitirán conocer y analizar el lugar
que ocuparon los colores en la pintura colonial andina, a la vez
que resignificar estos datos materiales de acuerdo a las diversas
prácticas que intervinieron.
EL HACER
La práctica de la pintura guardó durante siglos
un costado que la ligó a aquellas actividades consideradas
mecánicas o serviles. El uso de pinceles, piedras de moler,
lienzos, y por supuesto, los colores evidenciaban que existía
una serie de actividades manuales que acercaba a los pintores
a labores vinculadas con el artesanado.
Esta situación redundó, obviamente, en la dificultad
para la adquisición de un prestigio social que los pintores
intentarían revertir con el correr de los años.
Las acciones y escritos a favor de la defensa de la “noble
pintura” y el rechazo al pago del impuesto conocido como
alcabala – que pesaba también sobre los pigmentos
– , fue el recurso que ellos aplicaron para ubicarse en
un lugar distinto dentro de la sociedad moderna.
Frente a esta situación metropolitana, la escena en el
Virreinato del Perú guardó matices compartidos pero
también más laxos.
En cuanto a la creación de imágenes,
la alta demanda de iconografía religiosa en centros como
Cusco, Lima o Potosí, supuso un régimen de producción
sostenido por la circulación de grabados y pinturas de
origen español, flamenco, italiano o francés, utilizados
como fuentes a copiar o reformular, según las necesidades.
A su vez, los manuales de pintura europeos funcionaron como guías
tanto para el aspecto compositivo como para aquellas tareas vinculadas
con la “cocina” de la pintura, en la que los colores
estaban involucrados.
En una combinación de conocimientos adquiridos, experimentación,
e ingenio, los pintores andinos utilizaron pigmentos y colorantes
tales como el oropimente, el bermellón, los “polvos
azules”, el carmín, la malaquita, o el smalte, entre
tantos otros, para ser aplicados en los lienzos. De procedencia
local o traídos en los barcos desde ultramar, los colores
recorrían largas distancias para terminar en los mercados
y centros de distribución, tal como señalan las
crónicas y las listas de mercadería de la época.
En consonancia con estos datos, la mirada microscópica
sobre la materia nos enfrenta con un universo de técnicas
y elecciones estéticas que ponen en evidencia la destreza
y pericia que los pintores coloniales desplegaron sobre cielos,
mantos o estrellas.
EL SABER
Entre el hacer y el saber, los colores iban de la mano de un corpus
de conocimientos que trascendían el espacio del taller.
Efectivamente, aquellos metales y cristales que los pintores transformaban
en polvos para pintar eran los mismos que podían encontrarse
en el ámbito de la metalurgia, en un gabinete de algún
interesado por los procesos alquímicos o en los morteros
y frascos de una botica. Y es que el arte de hacer colores se
vinculaba con cada una de estas actividades, y una antigua tradición
los ligaba con los cuatro elementos primordiales – agua,
tierra, aire y fuego -, con los cuerpos celestes, los humores
y el zodíaco. Así, cada metal era influído
por un astro, “Sol, al oro; a la plata Luna; Venus, al cobre;
Marte, al hierro; Saturno, al plomo; Jupiter, al estaño
(...)”, cargándose de sentidos y simbolismos, como
puede advertirse en fuentes tanto americanas como europeas de
la época.
Las Indias Occidentales, con su despliegue
de “maravillas” y “curiosidades” no exentas
del afán de conquista y control del territorio, pasaron
a formar parte de este universo en el que se intersectaban el
deseo del saber con el de los beneficios económicos que
este saber podía brindar, y ciudades como Potosí
o Huancavelica se instalaron rápidamente en el imaginario
de muchos mineros y estudiosos de los tesoros subterráneos
del otro lado del océano, muchas veces con una cuota alta
de exotismo y fantasía.La obra del padre Álvaro
Alonso Barba, quien vivió en Potosí durante la primera
mitad del siglo XVII, da cuenta de este vínculo entre color,
metalurgia y hermetismo. Los colores se desplegaban entre las
páginas de su libro, evidenciando que sus posibles lectores
no eran sólo personas interesadas en la metalurgia, sino
también aquellos que manipulaban estas sustancias para
otros fines, como, en efecto, los pintores.
Ciencia, magia, astrología y alquimia recorrían,
entonces, el universo de saberes respecto del bermellón,
el cardenillo o el oropimente. Este encuentro se vio favorecido
por la difusión de los libros de secretos, que, de manera
amena, combinaban saberes útiles y prácticos con
aquellos considerados “ocultos”.
Pero los colores no sólo escondían este costado.
También curaban.
La propiedad terapéutica de
los colores, de larga tradición en la cultura occidental,
se combinó, en el horizonte andino, con saberes autóctonos
respecto de las especies minerales, vegetales y animales ligadas
al color. En el ámbito de las boticas, donde los pintores
podían adquirir los pigmentos, los materiales de la pintura
ofrecían otras dimensiones de sentido.
Entre hornos, cazos, cuencos, pinzas, alambiques y demás
utensilios, la presencia del cinabrio, el oropimente, el bol arménico,
o el minio – dispersos en los estantes o frascos de espacios
ligados a la metalurgia, la alquimia o la farmacopea –,
exhibía un uso y una simbólica que trascendía
ese espacio y se escurría entre las discusiones de quienes
los depositaban en escudillas o los molían finamente para
que sus imágenes adquirieran cromatismo, brillo o resplandor.
La alquimia de ciertos elementos o la transformación del
aspecto y el color de los minerales al someterlos a distintos
agentes, con su consecuente identificación con características
que iban desde la “corrupción” (el plomo del
albayalde) y la “pestilencia” (el cardenillo) hasta
la “purificación” (el mercurio y azufre del
bermellón), eran tópicos ineludibles en muchos textos.
Estos saberes incluían la idea de la simpatía y
antipatía entre los colores, a la vez que prometían
distintas maneras para aprovecharlos e, incluso, adulterarlos.
A su vez, la extrañeza de sus formas y la simbólica
de sus cualidades, permitió que también se instalaran
en los gabinetes o “museos” de curiosidades y “meraviglie”,
entre animales y piezas exóticas. Ya en el ámbito
de la farmacopea, estas sustancias – molidas en morteros
y guardadas en frascos como simples –, eran el dominio de
la praxis y saber de los boticarios y los especieros. Entre morteros
y cedazos, minios, cardenillos, oropimentes, cinabrios, gomas
y resinas eran preparados para sanar distintas dolencias. Las
tierras purgaban y curaban los lamparones, el cardenillo “consumía
la malicia”, y la Sangre de Drago – de color rojo
– fortificaba los dientes, el oropimente sanaba la sarna
y los cólicos, el añil tenía propiedades
astringentes, mientras que los polvos de malaquita ayudaban a
curar la melancolía.
Para los indígenas que molían estos pigmentos o
sustancias del color, las prácticas de curación
por color incluían no sólo su ingesta sino también
su contacto con el cromatismo de piedras, maíces, o conchas
de mar.
EL PODER
El color – como materia o como cromatismo – ocupaba
un lugar de relevancia en la vida cotidiana andina. Incluso podemos
decir que, en estas sociedades y desde mucho antes de la conquista,
el color estructuró formas de convivencia entre los hombres,
y entre éstos y sus sacralidades. Como signo de malos agüeros
en los celajes, como elemento indicador de festividad en los arcos
de flores y sogas multicolores que adornaban ceremonias (los que
más tarde también formarían parte de las
fiestas y procesiones de la nueva religión), como dispositivo
cromático en los pares de queros ceremoniales, o como factor
ordenador de grupos dominantes y dominados
“El primer privilegio que el Inca dio a sus vasallos fue
mandarles que, a imitación suya, trajesen todos en común
la trenza en la cabeza. Empero que no fuese de todos colores como
la que el Inca traía, sino de un color solo. Y que fuese
negro”
La vestimenta de Incas, Collas y Ñustas,
con sus uncus, mascaipachas y llicllas plenas de destelleantes
rojos, verdes, amarillos o azules desplegaban algo más
que fastuosidad. Desplegaban poder.
Frente a los vistosos tocapus, las plumas de colibríes
o guacamayos que habían guardado lazos con la sacralidad
y el poder, la iridiscencia de las aguas al amanecer, o la policromía
indeterminada del arco iris – todos estos elementos asociados
a la presencia de la dominación incaica sobre una heterogénea
gama de pueblos y comunidades –, los colores ligados a la
dominación española ofrecieron un nuevo panorama
presente en las imágenes cristianas.
El proceso de evangelización dispuesto en el Virreinato
del Perú utilizó la imagen como su mejor aliada,
estableciendo una diferencia bien clara entre los ídolos
que los indígenas adoraban y aquellas representaciones
que venían a suplantarlos. El ídolo, cargado de
poder en sí mismo, guardaba una presencia efectiva pero
“falsa” de los dioses. La imagen cristiana, entendida
no como presencia sino como representación de lo sagrado,
estaba en “lugar de” Jesucristo, la Virgen María,
el Espíritu Santo o Dios Padre, protagonistas de la “verdadera”
religión. Su poder no residía en lo que eran –
lienzos, pigmentos o maderas – sino en lo que representaban.
Esta concepción fue reforzada por la palabra, a partir
de la práctica de los sermones – verdaderos instrumentos
retóricos de persuasión –. Pero estas prácticas
basadas en la oralidad y la visualidad no bastaron. El plan programático
y oficial conocido como de “extirpación de idolatrías”
fue la estrategia más contundente para erradicar todo rastro
o huella del pasado o la memoria. Toda evidencia de sacralidad,
o lo que se creía ella era, fue destruida.
Sin embargo, allí quedaban los polvos de colores. Bermellón,
azurita, cardenillo, o hematite eran besados y soplados al aire
en cultos cotidianos y privados, o enterrados junto a los ancestros,
mientras, paradójicamente, eran aplicados en aquellas imágenes
que venían a “sustituirlos”. Hijos de las minas
y los metales “adorados”, ellos exhibían una
potestad casi imperceptible, albergada en su propia materialidad.
Dra. Gabriela Siracusano
Resumen del catálogo de la exposición “Colores
en los Andes. Hacer, saber y poder”
Museo de Arte Hispanoamericano “Isaac Fernández Blanco”.
23 de octubre de 2003 al 31 de marzo de 2004.
Curaduría: Dra. Gabriela Siracusano
Recuperar la perspectiva del actor. Recomponer,
hasta donde nos lo permitan los fragmentarios trazos de esa perdida
cotidianeidad que a través de los documentos pueden llegar
hasta nosotros, los itinerarios colectivos y la experiencia de
aquellos que en definitiva habían sido sus verdaderos y
únicos protagonistas. He aquí algunos de los objetivos
que están en el centro de las preocupaciones de quienes,
los últimos treinta años, han tratado de examinar
con nuevos ojos un proceso cuyas implicancias, en la definición
de muchos de los rasgos que caracterizaron después los
comportamientos de la moderna sociedad argentina, no escapa seguramente
a nadie y pareciera innecesario destacar ahora. Nos estamos refiriendo,
desde luego, a las migraciones, de matriz europea, latinoamericana
o de otras procedencias, cuya profunda huella nos es incluso posible
más modestamente rastrear a través de nuestras propias
historias personales o familiares las que, como sabemos, podrían
muy bien fuera de toda duda atestiguar los alcances de un fenómeno
por donde se mire omnipresente.
El escenario, empero, el modo cómo en adelante las migraciones
han sido representadas por los estudiosos en la materia, o por
quienes estuvieron detrás de una clase de resolución
como ésta que, como se entenderá, se debía
por fuerza superponer sobre otras interpretaciones previas, a
las que modificó según los autores sustancial o
parcialmente, como es la idea misma del “Crisol de Razas”,
que operó largamente como “mitología orientadora”
en la formación de una especie de “consenso”
o de “sentido común” compartido pero que recién
alcanzó una más precisa formulación científica
en la década de 1960, las propias crónicas antes
formuladas desde las colectividades o desde los actores contemporáneos
de la inmigración masiva, obedece a una pluralidad de razones
que, en su conjunto, parecen difíciles de explicar, aunque
igualmente trataremos de señalar algunas.
En primer lugar, las nuevas formas de aproximación se presentaron
como una alternativa válida para aquellos que buscaban
oponerse, diferenciándose, de los enfoques estructurales
a los que criticaban por su escasa capacidad descriptiva; jaqueados
como estaban además por los acontecimientos que desde mediados
de la década del ochenta habían puesto en evidencia
el rotundo fracaso de sus capacidades predictivas, desde la caída
del muro de Berlín, hasta el “Fin de la Historia”
por el triunfo del mercado de Fukuyama, pasando por las recurrentes
crisis que afectaron a las economías tercermundistas y
que exigieron del “retorno del pasado” para tratar
de dar cuenta de algo que no podía ser explicado dentro
de los cánones ortodoxos del neoliberalismo (Levi, 1991).
Interpretaciones todas que, si diferentes entre sí, como
es fácil advertir, sin embargo en el análisis de
las migraciones coincidían al sistemáticamente pensarlas
como las hijas dilectas del capitalismo, haciendo énfasis
en el funcionamiento del “sistema”, erigido de esa
forma en el verdadero objeto de investigación, lo que dio
lugar a una concepción demasiado lineal de los flujos,
por no decir también demasiado mecánica y estática,
que según desde donde se los mirara solía poner
el acento en los factores de “repulsión” o
de “atracción” (lo que configuraba el modelo
pull/push en su acepción más sofisticada), a la
vez que las comprendía como desplazamientos unilaterales
y definitivos que se producían de país a país,
y en que la asimilación en el destino era algo en todo
caso inevitable, por lo las decisiones de los emigrantes eran
pasadas por alto o directamente ignoradas por considerarlas irrelevantes
en definitiva (Ramella, 1995).
Se llegaba así a la paradójica situación
de haber dado lugar a una forma de ver a las migraciones, que
era contradictoriamente la una de “historia sin gente”
siendo que supuestamente refería a inmigrantes, o que se
daba el gusto subrayar algunos factores a costa de groseramente
desestimar otros, por lo demás demasiado evidentes para
ser eludidos, como la muy obvia constatación de que los
hombres habían estado emigrando siempre; extraviando de
esa forma, en su presunto afán de objetivación,
esa irrenunciable meta de los historiadores que debiera ser invariablemente
tratar de captar la condición dinámica de los procesos
que describen.
Mejor aún, aunque hubo autores no lo entendieron así,
desde el principio las comprobaciones lo fueron sobre todo empíricas,
surgidas del análisis por ejemplo de fuentes tan tradicionales
como aquellas, estadísticas y censales, sobre las que se
erigió la interpretación primera de los sesenta.
Pero que, puestas bajo nueva luz, fueron capaces de relevar inesperadas
facetas, como los altísimos índices de retorno que
en mayor o menor grado había caracterizado a casi todas
las colectividades, viniendo a de esta forma desmentir la presunta
unidireccionalidad y condición definitiva de unos flujos
que, en su versión más tradicional, en realidad,
funcionaban en conformidad con los mecanismos de compensación
propios del mercado. Una conclusión que, sumada a otras,
como aquellas surgidas de la exploración de otros nuevos
materiales, por lo general fuentes uninominales localizadas tanto
en el lugar de origen como en el de llegada (como, entre otros,
los permisos de embarque, los policiales o expedidos por las autoridades
jurisdiccionales, los nulla osta, las listas de desembarco, las
cédulas censales, registros de socios de las mutuales extranjeros,
censos municipales o actas de matrimonios parroquiales o del Registro
Civil de las Personas), hicieron evidente que los inmigrantes
llegados aquí, antes que proceder de un determinado país
lo eran sobre todo de ciertas regiones y dentro de ellas de comunas
dirigiéndose en el destino a su arribo a específicos
lugares de destino, lo que nos revela un panorama enormemente
más rico y complejo de aquel otro previo, hecho todo de
fuerzas impersonales pero que, más interesante aún,
devolvía el control de todo el proceso, y de su vida, a
quienes habían sido sus verdaderos intérpretes.
Personas que, enfrentadas a situaciones de crisis, porque desde
luego tiene que existir una razón para partir, si bien
esta no tiene por qué ser exclusivamente aunque sí
tal vez la mayoría de las veces preponderantemente económica,
manejaban un cúmulo de respuestas. Soluciones de las que
solo una es emigrar pero no necesariamente la única, lo
que los aleja de esa oprobiosa analogía con el perro de
Pavlov, que reproduce siempre las mismas y repetidas conductas
ante estímulos similares, subrayada por algunos, restituyéndoles
además su condición de seres racionales que deciden,
obran y piensan, escogiendo remedios, mas no en el vacío
supuesto por imaginarios mercados en donde la información
es libre y disponible para todos de igual manera y no existen
restricciones que impidan la movilidad tampoco, sino que operan,
y no para maximizar sus ganancias o por haber sido proletarizados
sino todo lo contrario en la generalidad de los casos para evitar
proletarizarce, en el marco de precisas estrategias formuladas
en el marco de estrategias familiares de sobrevivencia (Baily,
1992). Cómo lo han podido comprobar aquellos trabajos que,
tomando por base a la documentación expedida en las aldeas
de origen, han logrado demostrar que las familias que residían
en el lugar controlaban, por sus miembros emigrados, información
de un número limitado de destinos orientando a sus miembros
hacia la mejor opción en caso de que creyeran conveniente
seguir el mismo camino. Es decir, los potenciales inmigrantes
actuaban a partir de un limitado elenco de alternativas, con objetivos
y recursos, que no eran exclusivamente suyos sino que involucraban
a todo un conjunto de personas con él relacionadas, pero
que les permitían a la vez minimizar los riesgos de semejante
decisión hasta donde eso era posible. Eso explica también
porqué, contra lo que habitualmente se suele pensar, las
migraciones transatlánticas eran una experiencia que excluía
(como sucede hoy) a los sectores más pobres y desvalidos.
Es que, vistas en términos de una inversión que
implicaba costos, comenzando por el pasaje, y expectativas de
beneficios; quienes la encaraban debían disponer de un
pequeño patrimonio o de recursos, aunque más no
sea relacionales, que les permitan hacer frente a esos gastos.
Por eso fueron campesinos, propietarios de pequeñas parcelas,
como se ha podido probar en todas partes en donde se ensayaron
esta clase de análisis, los que habrían de partir,
más nunca trabajadores ocasionales, jornaleros o braceros
(a no ser que medien coyunturas excepcionales como la concesión
por parte de los gobiernos sudamericanos de pasajes subsidiados).
Y es por eso también que, si el propósito es siempre
mejorar la propia situación, esa mejoría no es siempre
necesariamente proyectada en el destino sino que, la mayoría
de las veces, suele serlo para solucionar una situación
de crisis o allegar recursos, consolidando su posición
en el origen, aunque se trata de estrategias mudables y que pueden
cambiar, con las circunstancias, sus objetivos (Devoto, 2003).
Eso no era todo sin embargo. Una vez llegados a la Argentina,
eran esas mismas redes sociales las encargadas de proveerlos,
según la muy clásica definición de cadenas
migratorias, además de un ámbito de sociabilidad
en que se reconocieran, de alojamiento inicial y empleo en el
nuevo país. Elemento este último que explica las
concentraciones detectadas de inmigrantes de un mismo origen en
especializaciones o nichos laborales, en no pocas ocasiones aprovechadas
por empresarios, que plantean el problema de la segmentación
del mercado de trabajo, pero también además de la
emigración no sólo como experiencia de la solidaridad
si no de la explotación por parte incluso de parientes
previamente establecidos. De ahí la importancia, de rescatar
toda la documentación personal (correspondencia, fotos,
memoria de inmigrantes, libros de viajes, registros orales, archivos
de voces), los objetos materiales (muebles, enseres domésticos,
vestimentas, herramientas de trabajo de los distintos oficios),
medios de información (prensa local, prensa étnica,
bibliografía) o de sociabilización (recreaciones
o registros de fiestas, libros de diverso tipo de las mutuales
extranjeras, cancioneros, repertorios de bailes, hábitos
alimenticios) que nos permitan percibir todas las dimensiones
opuestas, aunque no necesariamente contradictorias, de sus vidas,
sus logros y de sus estrategias. De modo de percibir, en su compleja
articulación con la sociedad local, sus cambiantes de significados
(Ginzburg) pero también de restituir sensatez y contenido
a los conceptos que orientan nuestras explicaciones restituyéndoles
esa perdida humanidad que hasta hace poco parecía extraviada
para siempre.
Dedier Norberto Marquiegui
Investigador de Carrera del Consejo Nacional de Investigaciones
(CONICET)
Profesor de la Universidad Nacional de Luján (Unlu)